
Aquí.
Entre sus aguas trepa un relámpago que nace en las entrañas del lago. El salto de agua se agita. A su vera, gotas que se cuelgan en los juncos de la orilla, forman jardines de luz.
Qué desierto de nubes. La lluvia gozosa duerme en su refugio de otoño.
Llora el lago, y es azul su rostro, cuando la Vieja Luna le consuela. Tras la lluvia de brillos irisados, como tus besos sobre mis labios trémulos, brota con fuerza la lascivia de los campos sembrados de mies.
Allí.
Estar lejos de tu lado, cambia la forma de mis recuerdos como las olas del mar sobre la playa. ¿Sabes por qué? Porque ya no me sientes. Oigo el son de tu indiferencia entre las piedras de un acantilado huérfano. Todo está más triste. Las gaviotas picotean los restos hediondos de la alegría de estar juntos. Minutos de soledad, que mueren en la orilla soñada, y la marea se lleva los cadáveres a las profundidades de un tenebroso mar.
Ahora.
En vano intento caminar sobre la arena. Todo está oscuro. Solo un poco de luz tiembla a lo lejos, en el límite que separa el mar del cielo, es, que creas en la sinceridad de mis palabras de amor.
Aún.
No he apagado la esperanza.
Aquí, allí, ahora, aun.
¿Es posible que sean mentira tus besos? ¿Qué no fue realidad que mis manos pulsaran tu cintura, piernas y las más sutiles partes de tu cuerpo, aquel verano en las islas del mar Egeo?
Acá.
Todo parece disperso. Estoy triste.
Actualmente.
¿Condenado al olvido, como la marea que besó nuestros cuerpos desnudos aquella noche de plenilunio, y no regresó nunca más?
Autor: Atho de Jazaria
Entre sus aguas trepa un relámpago que nace en las entrañas del lago. El salto de agua se agita. A su vera, gotas que se cuelgan en los juncos de la orilla, forman jardines de luz.
Qué desierto de nubes. La lluvia gozosa duerme en su refugio de otoño.
Llora el lago, y es azul su rostro, cuando la Vieja Luna le consuela. Tras la lluvia de brillos irisados, como tus besos sobre mis labios trémulos, brota con fuerza la lascivia de los campos sembrados de mies.
Allí.
Estar lejos de tu lado, cambia la forma de mis recuerdos como las olas del mar sobre la playa. ¿Sabes por qué? Porque ya no me sientes. Oigo el son de tu indiferencia entre las piedras de un acantilado huérfano. Todo está más triste. Las gaviotas picotean los restos hediondos de la alegría de estar juntos. Minutos de soledad, que mueren en la orilla soñada, y la marea se lleva los cadáveres a las profundidades de un tenebroso mar.
Ahora.
En vano intento caminar sobre la arena. Todo está oscuro. Solo un poco de luz tiembla a lo lejos, en el límite que separa el mar del cielo, es, que creas en la sinceridad de mis palabras de amor.
Aún.
No he apagado la esperanza.
Aquí, allí, ahora, aun.
¿Es posible que sean mentira tus besos? ¿Qué no fue realidad que mis manos pulsaran tu cintura, piernas y las más sutiles partes de tu cuerpo, aquel verano en las islas del mar Egeo?
Acá.
Todo parece disperso. Estoy triste.
Actualmente.
¿Condenado al olvido, como la marea que besó nuestros cuerpos desnudos aquella noche de plenilunio, y no regresó nunca más?
Autor: Atho de Jazaria

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