sábado, 26 de julio de 2008

Calles, callejas, charcos


Cuando voy por tu calle,
la de las caras limpias
la de los trajes nuevos
de las manos blancas
la de TodoEsDiscreto…
me llamo CaraSucia
HarapientaAndrajosa
ManosNegrasSinGracia
BocaUsadaMilVeces…

Y paso de puntillas
sin levantar los ojos
del suelo embaldosado
recién lavado. Seco.

Algunas tardes llueve
entre nuestras distancias.

El agua y la tormenta
me baldean el rostro
me humedecen las manos.
Los charcos me devuelven
una piel rescatada
y tengo la osadía
de levantar los ojos
a la altura de un beso
que cuelga irresoluto

Pienso
que las caras brillantes
y que los trajes nuevos
y que las manos blancas
y que los labios puros
son sombras en el sol,
lo mismo que espejismos,
como mentiras secas
en medio de humedades
que vuelan redentoras.

Veo
Son puras mercancías
con sus cuentas flamantes
dadivosas de hastíos
pero con precio fijo
lo mismo que el carbón o las patatas.

La niña piconera
se tiznará sus manos.
A los que compran tiznes,
a veces, casi siempre,
se les manchan la cara
con el roce del polvo
adulador.

Yo
conozco calles
de caras desnudas
de cuerpos vestidos
en dulce saliva
de manos labriegas
de tierra sin sed
de agua abundante
de sol en los charcos
gritando ArcosIris...

Calle Irún 1973


Autora: Gaviola

Tormenta



Llueve.

Por el alerón desgajado rebota

un arroyuelo de agua cantarina.

Arrullos de palomas ensordecen

el clín clan de las gotas sobre las tejas,

como si temblase el tamborileo

de las palmas húmedas de ángeles

escapados de cielos eternamente azules,

y demonios sudorosos libres

de sus avernos personales.


Llueve.

Delicado sollozo de nubes coloreando

en dieciséis maticesde gris,

el plomo de mis ideas.

Algodón convertido en catarata,

rasgado por rayos y centellas,

que atruenan cercanas lejanías.


Llueve.

Y mi corazón, amor, se desborda.


Autora: Luci Garcés

viernes, 25 de julio de 2008

El agua es ausencia de ambos


Gime el día en cuadrantes oscuros

cuando humean las almas calcinadas

por fatuos fuegos radiactivos.


Te miro.

Desconsolada, la noche amplía su espectro

y busca con ahínco el radar de los murciélagos.


Te beso.

La piel se ampolla por la lluvia envenenada,

goteo impiadoso de lágrimas sulfuradas.


Te toco.

Se desmorona tu carne convertida en ceniza,

en pan de hambriento, migajas humanas.


Te imagino.

Risas cantarinas como el agua que golpea el cristal,

murmullos del líquido que desciende por el canalón.

Y sigues ausente.


Autora: Luci Garcés

La huella de tu cuerpo




Sepulté la huella de tu cuerpo,


en un cobijo profundo de mi playa;


imploré al mar que lo esparciera,


desvaneciendo con ello mi agonía.




Ahora ya estás ahí, en lo profundo,


cristalizada


en sal, agua y espuma;


alcanzo a percibirtu risa en cada ola,


y en cada gota de mar


distingo tus llantos submarinos.




Regresarás a mí


con cada primavera,


-en un ritual de amor pactado-,


inundaré de rosas tu cuerpo de agua,


soñándote cubierta de corales,


con algas trenzadas en el pelo...




Recobraré tu ausencia,


tu voz me beberé en una caracola,


el infinito azul atrapará tus ojos,


y volverás a mí con las mareas


destellando la luna en tu cuerpo de cristales...




Autora: Lola Bertrand

Una cita con el mar


Don Cruz, el pescador tuerto, asegura que el viejo Juancho no vio venir a la muerte. Sin embargo, rascándose la crecida barba, vacilante, comenta: "A lo mejor le dio tiempo de verle la cara..."

Relata que la tarascada del mar fue brutal; más brutal que el coletazo de la tintorera que le dejó el ojo colgando de una cuenca vacía. Que primero se escuchó una terrible explosión y después la cresta de una ola colosal barrió la atalaya de Juancho. La marejada se levantó tan violenta como en días de huracán. Con furia se llevó los despojos del infeliz y los enterró en sus abismos. Jamás los devolvió.

En las cantinas del pueblo se dice que el mar se lo tragó como la anaconda se traga un venado; por eso sus restos nunca volverán a ver la luz del sol. "De que vino por él, vino; de eso ni duda cabe. Afortunado, el viejo. ¿Por qué? Porque tuvo defunción fulminante. Un marrazo ¡y ya está! Sí, el mar le trató bien. A otros, en cambio, les atormenta hasta exprimirles la razón"...

Don Cruz, con el pitillo de hoja aprisionado entre los dientes quebrados y amarillentos, confirma: "¡Envidia de muerte! Así, hasta se disfruta. ¡Qué chula forma de irse! Ni la esperas ni te enteras; no hay dolor ni sufrimiento. No hay agonía; ni para ti ni para los tuyos. Rápido, sin aviso. Cuando un soplido apaga la vela, así se apagó la vida de Juancho. Tras el apagón, silencio para su alma, resignación para los deudos. ¿No te gustaría morirte así?

En su diario narrar, el pescador refiere que el hoy occiso todas las mañanas amanecía de pie en la punta del rompeolas. Ahí, sereno, se estaba el día entero refrescándose con la cascada de espuma blanca que se elevaba a las alturas, luego de que la cresta se estrellaba en la barrera rocosa. Sí, ahí se estaba, empapado hasta los huesos, viendo el horizonte, como embarcando los pensamientos. De frente al oleaje, contaba una a una las marejadas hasta descubrir la grande. Entonces levantaba el rostro al cielo, abría los brazos en cruz y se abandonaba al torrente de agua salada. Así, todas las horas, todos los días, surtidor tras surtidor de olas que se disolvían buscando su presa y él buscando disolver sus tormentos...

Con extrañeza hace confesión de que nadie supo de dónde vino Juancho. Si arrastraba pasado o amores enterrados. Si le dolían las pasiones o las ahogaba como un náufrago ahoga los rencores. Nunca nadie conoció de sus ayeres. De pronto llegó como un perro sarnoso: con hambre de condena y sed de aguardiente. En sus borracheras se presentía como hombre de mar, pero jamás empuñó timón ni levantó vela. Él y su exilio, en el rompeolas, enfrentaban a sus fantasmas. Después, en los andares por panteones y prostíbulos, repetía como rueda de molino: "El mar es el mejor confidente porque sabe escuchar sin traicionar".

Ante el misterio, le colgaron un rosario de leyendas a su deshilachada figura. Pero de que traía la muerte cosida a su cuerpo, la traía. Las comadres del mercado aventuraban: "Quien hace amistad con él, al ratito se muere; debe traer el diablo enredado en las tripas". Y quizás sí. Por eso se volvió peregrino sin rumbo, cargando un camposanto a cuestas; padres, tíos, primos, hermanos, amigos y hasta la amada esposa, a lo mejor le reclamaban la vida. ¿Y si no, por qué tanta sufrida penitencia?

Además, ¿de dónde sacaba las monedas para tanto alcohol? Otro entresijo sin respuesta, pero que espantaba. No mendingaba y menos aún trabajaba. ¿Entonces..? Ahí, frente a la botella, no hablaba, sólo se tambaleaba como un péndulo perpetuo.

-¿Cómo imaginarlo? –recuerda don Cruz, mientras que sus manos callosas remiendan los agotados chinchorros–. Tan sólo allá se le veía sonriente y tranquilo. Disfrutando el embrujo de la vida; desatando las memorias prisioneras, liberando los sentimientos contenidos, hundiendo las nostalgias dolorosas. De pronto se distrajo. ¿Un instante? Qué digo, ¡menos! Fue tarde. Desde aquí, todos vimos al mar abrir su mortaja ¡Espantosa la profundidad de sus entrañas! Y él ni en cuenta. Entonces, el monstruo se levantó, golpeó y de una cuchillada barrió el rompeolas. El pobre hombre desapareció..No hubo misa de muertos; menos velatorio o funeral. ¿Con qué cuerpo, pues? Sólo don Cruz arrojó un puñado de gladiolos blancos en la atalaya del vagabundo. Después, en la casa de la víctima se encontró una carta. Estaba fechada días atrás. Elena, la prima del edil, la leyó, porque era la única que tenía el abecedario en la boca. Y todos escuchando, al fin comprendieron al finado.

De puño y letra, escribió:"Tengo una cita contigo mar, pero en mi agenda todavía no hay fecha escrita...

Nos conocemos hace mucho tiempo. Desde el primer encuentro golpeaste mi asombro. Aquella tarde de cielo encapotado y pertinaz aguacero, atrapaste mi corazón guerrero y me invitaste a desafiar tu gran poder. A partir de entonces, un fragor embriagante, una batalla interminable se desató en mi vida: una y mil veces romper tus olas, montar tus crestas, resistir tus resacas. ¡Por Dios, cuánta conmoción! ¡Cuánto rebullir acumulado!

Y tú mar, tolerante, por largo tiempo consentiste mi juvenil frenesí. Largos años fuiste rey noble regalándome mareas y mareas de placer. Sin embargo, el tiempo se agota. ¿Cómo encararte hoy como ayer, cuando ya arrastro un cuerpo cansado y tanta tortura almacenada? Mi insensatez de comportarme joven cuando ya soy viejo, dos veces has perdonado. La primera, mi soberbia castigando; la segunda, mi estupidez ahogando.

En ambas ocasiones, me devolviste la vida. ¿Por qué? ¿Por la paz que calma mi delirio, al ser testigo mudo de tu inmensa majestad? ¿Por la inexpresable emoción que disfruto al ser atropellado por tu fuerza arrolladora? ¿Por el endiablado miedo que experimento al sumergirme bajo tus rugientes avalanchas de agua? ¿Por el bienestar que me invade horadar tu reino? ¿Es por ello que me has indultado?

Tras cada advertencia, huía; te evadía refugiándome tierra adentro. Lejos de tus costas no podías descubrir mis miedos; ni tampoco saber de mis vigilias con la sombra de la muerte velándome. Imposible, pues, regresar sin provocarte, porque sin avivar mi ansiedad, tú no serías mar. Absurdo, pues, dar albergue a la indiferencia.

¡Sea! Porque te conozco y me conozco, posponía el nuevo encuentro.Ahora querido amigo, mi único amigo, sin pretenderlo siquiera, he arribado a tus playas para quedarme a tu lado; un día tras otro; un mes tras otro mes; un año y quizá otro también. ¿Puedes creerlo? ¿Puedes creer que tu brisa todavía consuela mi soledad y alimenta mi espíritu?

Ayer me refresqué en el azul pálido de tus aguas. No quise despertarte ni incitarte. Te temo y te respeto; no más juegos ni desafíos ni necias temeridades. Concédeme una tregua para proseguir abismándome, con humildad, en tu seno. Ya soy hombre grande. Quizá me resta poco respiro; déjame agotarlo contigo.

Sin embargo, no olvido que tenemos una cita. La tercera vez será la vencida; no perdonarás. Los dos lo sabemos, ¿no es cierto? Mientras, no te impacientes mar. Aguarda un poco más; no me arrebates la dicha nueva de contemplarte en cada naciente amanecer, porque me decisión final de anidar en ti, ya está tomada".

No había firma al calce. Quizá la huella de una lágrima...

Don Cruz se arranca el parche de pirata y se rasca la cuenca reseca. Desconsolado, prende un pitillo más. De la bolsa del pantalón saca la carta marchita. Guarda silencio; suspira, la mira y la juega con sus dedos llagados. Después, renegando, concluye: "¡Ay Juancho, bien sabías que el mar no conoce de agendas!"


Autor: José Dávila Arellano

Agua



Agua
ingenua pecadora
impenitente, obscena ondulación
sirena de cadera sinuosa
que yace cual doncella resabiada
sobre un lecho de arenas movedizas
en el que me sumerjo sin cautelas…

Agua
mercurio derramado
del inútil termómetro
que atónito calcula destemplanzas
sobre un cuerpo apremiante acostumbrado
a dejarse llevar por la pasión
de un tozudo oleaje que no cesa.

Agua
pozo insondable
abismo sin brocal
sima donde vaciarse lentamente
pez líquido de escamas en reflujo
que nada a la deriva sin saberlo.

Agua
sed redentora
entrega.

Autora: Gaviola en Marineda. En un 18 de Julio de 2008.

Mover olas


No se encontraba el viento con sus fuerzas de siempre,

ni aventar hojas secas podía y menos

mover olas.


No conseguía el aire ceñir al muslo encajes de polleras,

ni orear blusas blancas podía y menos

mover olas.


No había ánimo en el mar oscuro para airear espumas,

ni rozar a las rocas podía y menos

mover olas.


No estaba el alma preparada para plegarias y jaculatorias,

ni sacar el aliento de la boca podía y menos

mover olas.


No permitía el cieno negro de los hombres el vuelo del albatros,

ni agitar sólo una de sus plumas podía y menos

mover olas.


Sólo el silencio oscuro de los fondos en sombras,

sólo la sucia y pestilente muerte de las aguas,

sólo del pescador la lágrima indomable,

sólo la rebeldía indócil,

sólo un amanecer, podría

mover olas.
Autor: Luis Alcocer

La loca


Me llamo Marina, pero todos me dicen "la loca". He olvidado cuantos años tengo, aunque vago entre los treinta y los setenta, dando tumbos, unos días para un lado de la cuerda y otros para el contrario.Vivo en un puerto de mar, y todos los días, sea invierno o verano, bajo a la playa y me acerco hasta la orilla del mar.

¿Qué hago?: lanzo un mensaje, ¡todos los días lanzo un mensaje al mar!

La verdad es que el mar me fascina. Una vez, hace mucho tiempo, escuché -o tal vez fue ayer y ya no lo recuerdo- lo cierto es que escuché que al mar van a parar las penas, alegrías, lágrimas, amores, sueños, y desengaños... de todos los seres humanos.

Aquello me dejó confusa y pensé: los míos se pierden, pues yo no los lanzo al mar.

Desde aquel día voy todas las mañanas a la playa, y, escrito en un papel, pongo todo lo que pienso; a veces es un poema, otras un relato, las más un ruego, en algunas ocasiones un sueño.

El mar nunca protesta, siempre acoge amablemente todo aquello que le mando y, yo, me siento feliz llegando con mis pies descalzos hasta el pequeño borde de espuma que deja la ola al retirarse.

Durante muchos otoños, y primaveras, han pisado mis pies esa hermosa y dorada arena de mi playa; muchos mensajes y sueños ha guardado mi mar; pero nunca, nunca me había ocurrido lo que me ocurrió esta mañana.

Serían las nueve, bajo tempranito para no molestar, y en cuanto la divisé, ya desde lejos, me percaté de que algo inusual le había ocurrido a mi querida playa: ¡estaba toda nevada!En todos los años de mi vida, no sé si treinta o setenta, habían visto mis ojos algo parecido.

Me quité los zapatos, como todos los días, y con los pies helados comencé a caminar hasta el borde, allí donde las olas dejan un rastro de espuma. Al irme acercando, vi unos bultos pequeños y blancos que bordeaban toda la costa. Escarbé en la nieve, de una manera compulsiva, para ver que era aquello, y el corazón se me hizo pedazos cuando comprobé que eran palomas muertas... ¡Dios mío, palomas muertas al borde del mar ¡Algo muy grave debe de estar sucediendo -pensé-, y yo…, yo solamente soy una loca que no tiene edad, y a la que no toma nadie en cuenta…

Me quedé prácticamente de hielo: entre el frío, la nieve y lo que acababa de encontrar no era para menos... Como no sabía que hacer empecé a llorar, y lloré, lloré..., y lloré.

Lloré tanto que, no se lo van a creer, pero la nieve de la playa se fundió, y pude enterrar en la arena a todas las palomas muertas que encontré. Me sentí mucho mejor después de esto, y, metiendo la mano en uno de mis bolsillos, saqué el mensaje que llevaba preparado para lanzar al mar, y lo leí en voz alta, antes de dejarlo entre las olas.Era un ruego sencillo, como un susurro, casi como una oración.

Decía así:POR FAVOR MAR, HAZ QUE EL HOMBRE DE LAS CARACOLAS VUELVA.Esta mañana, lloré al lanzar mi mensaje al mar, pero eso solamente lo sabemos el mar y yo, y ahora también ustedes...


Autora: Lola Bertrand

lunes, 21 de julio de 2008

Bahía


La plata de un espejo inmaculado, límpido crisol de la mañana, saludó el alba vestida con la bruma de un calmo amanecer.



Autor: Manuel Cubero, Cádiz

domingo, 20 de julio de 2008

Mujer río




Ancho,


profundo,


arrastrando vena gorda de magias y duelos,


ilusiones líquidas en tránsito anegado.


Fluye suave,


claro,


transparente,


dejando ver el fondo verde y ácido del tiempo.


Agua vida errada en caminos fieles,


éxtasis inútiles


sumergidos entre distancias y sombras.


Húmedo,


enfermo de candores,


diluido,


frío.


Es arroyo sin rumbo,


latigazo de vértices y valles


florecido en lirios blancos


arrastrando olas,


remolinos,


rostros.


Río mujer,


cuajado en surcos secos engendrando amores.



Autora: Carmen Amaralis

Y, sin embargo, el Mar


De tierra adentro.
Sí.
Y sin embargo el Mar…

El Mar y su sonido:
esta queja constante,
este oleaje esteril,
este ir y venir
con ruidos coralinos
-sangre cristalizada
guijarros carmesíes
sargazos que palpitan
sobre el zafral baldío
que nadie segará-.

(El Segador persigue
un canto de sirenas
anual, inconstante
en sus abismos propios).

De tierra adentro.
Sí.
y sin embargo el Mar…

El Mar y su pelea
en la que se desgarra
sus refajos de espuma
traspasando los bordes
de los acantilados
altivos, displicentes
donde anida la noche
con un conmovedor
piar de alcaravanes
sin una voz rompiente
que les arrulle el miedo.

De tierra adentro.
Sí.
y sin embargo el Mar…

Y en el Mar, los recuerdos.
Y en el Mar aquel día…
Y en el Mar aquel año…
Y en el Mar el olvido.
Y en el Mar… En el Mar…
Autora: Gaviola
En CasaMora, en un 20 de Diciembre de 2007.

Novia acuática


Es algo tarde, pero no demasiado. Levanto los ojos de esas líneas que
quedan atrapadas entre dos rectángulos verticales. Nunca me gustaron
los libros de tapa dura. En este caso, leo a un amigo. El sonido que
acompaña mi lectura juega entre las ramas de los árboles y el coqueteo
de la chiquillería con el agua. Y no es tarde porque todavía me queda
algo de lectura. Y vuelvo a levantar los ojos.

Segundos más tarde me hallaba sumergido esperando que el tiempo se
detuviera. Ella se había despojado de la parte superior de su bikini y
mostraba una cinta roja en el pelo.

Sin embargo, ahora sí es tarde. Ella no se lanzó a salvarme. Le dió
vergüenza enseñar sus pechos. Me he tornado pez esperando la
evolución a pez(ón) tatuado sobre una nueva novia acuática.

Nin@delapuerta
www.ferandortega.com

Al rojo negro



Rojo vivo se me volvió el silencio,

cuando una sombra oscura se adueñó del mar...

Desde la Torre de Hércules

se puede divisar el llanto de los peces.

Hay tanta miseria pegada en el salitre de las olas

¿Por qué la arena aborta huevos negros?

La quilla de metal,

hirió la espuma;

una ensalada de algas y petróleo

es el plato del día…

Qué triste está la mar sin sus azules,

qué tristes las bahías y las playas,

las alas de alquitrán de las gaviotas … qué tristes.

(Agonizan mis ojos de futuro

entre la sal de tus horas negras)


Autora: Lola Bertrand
borrador

Ausencia


El mar,
la más preferida de todas mis aguas,
hace extraña su ausencia
en un espejismo implacable
conjugado gota a gota en el presente.


Aliento líquido
para la imagen herida en los azules,
soledad y mito que nos separan,
pasión
que me sumerge en el lecho audaz de sus mareas
hasta saciar la sed innata de los veranos.


El mar:
agua para mis raíces,
acentos para el recuerdo de las orillas.


Autor: Pilar Moreno Wallace

sábado, 19 de julio de 2008

Adiós

... Y aquella tarde de noviembre,
sin más,
las olas fueron a la huelga,
y el mar
se despidió de todos.


Autor: Luís A.

Memoria del mar





No se movía el viento, eran las olas


las que tenían vida propia.



Era la arena blanca, blanca y suave como el polen,


que acariciaba mis tobillos,


como trémulos dedos de un amante,


con la suavidad, con el dulce cuidado de la manos de madre


sobre el cabello del recién nacido.



Era la brisa que abrazaba mi carne,


que hacía la piel suya, tal que un enamorado sumido en celosías,


para guardar así sus predios


lejos de tentaciones ajenas a su instinto, para evitar miradas,


para que ni siquiera mi pensamiento


rozara aquello que siempre ha poseído.



Eran tus aguas las que exploraban los rincones ocultos,


no perdidos, casi siempre ignorados de mi cuerpo.


Luego, mostrarlos igual que hogares tibios


que precisan de amantes y consuelos,


de refugios donde albergar sus íntimos deseos,


sus secretos, los conocidos y nunca confesados.



Era tu mar, mi mar, aquel que no movía el viento,


aquel en que las olas tenían vida propia.

Autor: Luis A.