
No se movía el viento, eran las olas
las que tenían vida propia.
Era la arena blanca, blanca y suave como el polen,
que acariciaba mis tobillos,
como trémulos dedos de un amante,
con la suavidad, con el dulce cuidado de la manos de madre
sobre el cabello del recién nacido.
Era la brisa que abrazaba mi carne,
que hacía la piel suya, tal que un enamorado sumido en celosías,
para guardar así sus predios
lejos de tentaciones ajenas a su instinto, para evitar miradas,
para que ni siquiera mi pensamiento
rozara aquello que siempre ha poseído.
Eran tus aguas las que exploraban los rincones ocultos,
no perdidos, casi siempre ignorados de mi cuerpo.
Luego, mostrarlos igual que hogares tibios
que precisan de amantes y consuelos,
de refugios donde albergar sus íntimos deseos,
sus secretos, los conocidos y nunca confesados.
Era tu mar, mi mar, aquel que no movía el viento,
aquel en que las olas tenían vida propia.
Autor: Luis A.
Autor: Luis A.

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